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Desde mediados del siglo XVII fue haciéndose habitual entre el público asistente al teatro una práctica muy curiosa. El respetable de espectáculos escénicos asistía a las funciones armado de tomates, lechugas y demás verduras (siempre en estado de putrefacción, tampoco era cuestión de despilfarrar comida en aquellos tiempos) con intención de asaetear con ellas a los actores en caso de aburrimiento o decepción provocados por la obra. En ocasiones resultaba más divertido el momento de ajustar las cuentas con los mediocres bufones que el deleite escénico en si. Incluso se sabe que el mismo Shakespeare recibió una buena lluvia de hortalizas en más de una ocasión. Desde entonces ha llovido bastante, y no sólo tomates. Pese a que el tiempo ha pasado inexorable, siempre se ha entendido que el público de cualquier espectáculo (del tipo que sea) es soberano para juzgar lo que está viendo y lo que ha pagado por ver. Resulta curioso que el fútbol sea el único espectáculo por el que pagas sin saber lo que vas a presenciar, uno no puede sospechar cómo va a resultar el partido, independientemente de que las escuadras que se enfrenten sean mejor o peor, un partido siempre es una incógnita. Seamos realistas, uno puede dejarse un dinero considerable por ver un encuentro de fútbol para al final salir literalmente escaldado. Por ello veo razonable la pitada, la pataleta y el abucheo frente a un espectáculo que en ocasiones roza el ridículo. Cuando hay buen fútbol todo son aplausos; sin embargo, estar 90 minutos viendo cómo unos tíos con sangre de horchata apenas se esfuerzan para coger la pelota resulta desesperante, y de ahí el lógico cabreo que conlleva a los irremediables pitos. Normal. Otra cuestión sería cuándo pitar. Hay quien piensa que sólo se le puede silbar a tu equipo cuando acaba el partido, que no conviene incomodar a los protagonistas mientras el balón esté en disputa; yo aún digo más, y es que en ciertos momentos puntuales del juego puede resultar hasta beneficioso que el aficionado pite para sacar de su letargo a determinados futbolistas. Los peloteros son criaturas de sangre caliente, que funcionan bien bajo presión y que se crecen cuando su propia gente les exige más. Por ello no veo una locura pitar a tu equipo, ya que siempre se hace para pedir más a unos profesionales que han de darlo todo en el campo, que para algo se les pagan cifras astronómicas. Rafa Castro |